
Sonya Gray. Sábado, 15 de
febrero.
—
¡Te veo mañana!
—Claro, honey —dije separándome de la casa de Sabrina a zancadas.
Había
sido una de esas tardes imposibles de olvidar. Habíamos ido a comprar, luego
a casa de ella a ver un maratón de Fear Street con dos botes grandes de helado y muchas risas. Que se nos acabaron con la
primera puñalada de las películas. Nos lo habíamos pasado tan bien que se nos había ido el
tiempo volando y antes de que nos diéramos cuenta ya eran las una de la
noche y sus padres me dijeron que ya era hora de que me fuera.
No
tenía problema. Mis padres estaban en la boda de una amiga y no sabrían que
yo había llegado a casa a esas horas. Levanté la vista hacia el cielo
estrellado. Era noche de luna nueva y hubiera estado muy oscura de no ser
por la tenue luz que emitían las farolas de la calle. Las calles vacías y en silencio, las
estrellas... Todo me daba una sensación de tranquilidad que raras veces
sentía. Caminé
despacio. Disfrutaba del ambiente. Incluso tomé mis auriculares y puse
una canción de Olivia Rodrigo, la de 1 step forward and 3 steps back. Called you on the phone today just to
ask you how were...
Calle
tras calle, la canción se acabó y empezó otra. Me relajé por completo y pasé el
resto del camino pensando en lo que iba a hacer cuando llegara a casa.
Me iba a dar un buen baño, de
esos que duran más de una hora, hacerme unos brownies al microondas y
tumbarme en la cama a ver Anne with an E hasta que me diera sueño.
Cruzo
la última calle que queda hasta llegar a la mía y hay un grupo de
personas sentadas alrededor de un coche.
Nada
de qué preocuparse, era normal que hubiera gente de botellón a esas horas y, si
no iban muy borrachos, eran inofensivos. Tal vez uno o dos piropos
desagradables, pero nada grave. Paso por delante de ellos incómoda, no
me gustan sus actitudes.
Oigo
un silbido proveniente de un hombre sin camiseta que está sentado en el suelo.
—
¡Vaya virtudees! Camino
aun más rápido sin mirarlos.
—
¿Damos una vuelta, preciosa? Uno
de ellos se acerca a mí. Mi puerta está al final de la calle, si tan solo...
—
¡No, gracias!
—
¿Qué hace una tía tan buena aquí sola a estas horas? Se están pasando ya.
— Irme a mi maldita casa, si no os importa.
— ¡Uuuuh!— se burlan — ¿Eres una chica difícil, eh? Cómo me ponen las tías así.
Quería cerrarles la boca de una vez y por eso hice la mayor estupidez que puede hacer alguien.
Me planté en frente de ellos con
los brazos en jarra.
—
Mirad, no soy ninguna perrita vuestra. Idle a molestar a vuestra madre. Y muy
digna me giré para irme.
Pero alguien me agarró de los brazos.
— ¡Suéltame! —chillé retorciéndome.
Giré la cabeza y era el hombre que iba sin camiseta. Huele a suciedad acumulada, y cuando abrió la boca, a tabaco y alcohol.
— Uy, no, cariño. Yo no te voy a soltar hasta que consiga de ti lo que yo quiero.
Alarmas de pánico se desataron en mi cabeza. El hombre me soltó y los otros tres caminaron entre risas ebrias hacia mí.
Intenté salir corriendo, pero uno me puso la zancadilla y caí al suelo de boca. Los cuatro se cernieron sobre mí. Abrí la boca para chillar y uno de ellos puso una mano mugrienta y sudorosa sobre ella. Llorando ya de miedo, la mordí, y él me pegó un bofetón en la mejilla. Dos me agarraron de brazos y piernas.
Uno se quitó la camiseta, la enrolló y la usó para atarme la boca. Yo no podía más que sollozar en silencio. Solté mi mano e intenté darle un puñetazo en la cara al que me había puesto la camiseta y él sacó algo de su bolsillo y me lo apoyó en la garganta.
Una navaja abierta.
—
Muy bien, gatita. Ahora estás quietecita y en silencio si no quieres que te
meta esto en el cuello y nos gocemos tu cadáver.
Asentí
entre convulsiones de miedo y de pánico.
Dios mío, dios mío, por favor, ¿qué van a hacerme?
—Lleváosla al coche.
NO NO NO NO NO, POR FAVOR, POR FAVOR.
Ellos
soltaron amplias risotadas y uno de ellos metió su mano bajo mi camiseta.
—
¡Eh, no vas a comer antes de nosotros!
QUE ALGUIEN ME AYUDE, POR FAVOR.
QUIERO MORIR, POR FAVOR, DIOS, MÁTAME.
Me
levantaron del suelo y me llevaron al asiento trasero del coche. Me desataron y
se sentó uno de ellos a cada lado, el hombre de mi derecha con la navaja
en el puño. Quiero decir que intenté escapar, que me defendí, pero
tenía demasiado miedo. El de mi izquierda empezó a acercar su
cabeza a mi cuello y yo cerré los ojos, esperando no sentir nada si hacía
eso mientras ése asqueroso pasaba la lengua por mi cuello. El coche se detuvo frente a una
casucha de un callejón de mala muerte. Me llevaron a rastras dentro y una
vez ahí, me tiraron en una cama. Lloré, les supliqué que me dejaran ir, que les daría lo
que quisieran, pero nadie me escuchó.
Se
sentaron en la cama y comenzaron a arrancarme la ropa con manos crueles y
despiadadas, me dejaron en ropa interior y empezaron a manosearme, metiendo
sus asquerosas manos en lugares donde yo jamás había permitido el paso a
ningún chico. Y cuando ellos se cernieron sobre mí con ojos
cargados de lujuria y de desprecio, cerré los ojos y todo a mi alrededor
se volvió oscuridad.
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Desperté
en mitad de mi calle, toda desnuda y tapada con una sábana. A mi lado
estaba toda mi ropa. Y
recordé lo que había pasado y tapé mi boca con mis manos, sollozando con
fuerza. Algo se había roto dentro de mí. Rebusqué en mi pantalón, que estaba arrugado a mi lado.
Faltaba mi dinero y mi MP4, pero mi llave sí estaba. Entré a
mi casa y me tiré en el suelo, al lado de la puerta. Lloré a gritos, entre
temblores y dolor que recorría todo mi cuerpo. Nunca supe cuánto tiempo
había pasado allí. Me
habían violado.
Entré
al baño, me miré al espejo. Tenía una marca roja por toda la mejilla, recuerdo
del guantazo de aquel desgraciado. Tenía señales así en mis pechos, mi
abdomen, mis nalgas y mis piernas. Desaparecerían tras un tiempo, pero
las cicatrices que habían dejado en mi alma tardarían mucho más.
Me
metí bajo la ducha, abrí la regadera y dejé resbalar el agua sobre mi
cabeza, observando el cómo caían gotas de sangre de entre mis piernas.
Me encerré en mi cuarto y lloré
hasta quedarme dormida. Soñé que veía una película con Sabrina y comíamos
brownies de microondas.
Sonya Gray
Auriculares puestos.
Capucha subida.
Brazos cubiertos hasta las
muñecas. Y
mucho maquillaje disimulando mis ojeras y recuerdos de los golpes. Así entré un
mes más tarde al instituto. He
tirado todos mis tops de colores, todos mis shorts cortos y mi falda blanca.
He convertido mi armario en
cinco sudaderas grises y negras y en pantalones anchos y descoloridos.
Que ni una sola parte de mi
cuerpo esté a la vista.
Porque
me siento insegura cada vez que alguien pone su mirada en mi piel. Y cada
vez que mi psicóloga me coge la mano. Y hasta cuando mi padre me abraza.
He pasado un mes de mierda.
Mis
padres me encontraron hecha un ovillo y me llevaron al hospital corriendo. Tres
días ingresada, escuchando informes de los daños y un largo etcétera. Me
llevaron a casa y me negué a salir de ella. Fueron a denunciar y cuando llegué a
comisaría las descripciones de mierda que di no ayudaron en nada.
Ah, y la culpa era mía según las
preguntas de los agentes.
¿Qué hacías sola a esas horas?
¿Llevabas puesto algo indecente?
¿Los provocaste de alguna forma?
¿Te defendiste?
Creí
que me ayudarían, pero lo que hicieron fue empeorarlo todo.
Una semana más tarde llegaron
los pensamientos.
Esos pensamientos tabúes para la
sociedad, pero que están presentes en las mentes de miles de personas.
Acaba con esto. No puedes volver en el tiempo. En todo caso nadie te va a echar de menos.
Estás contaminada, ya no eres nadie. Y sí, sí era tu culpa.
No
pedí ayuda. ¿Qué iba a decir? Esto ya era asunto mío y nadie podía auxiliarme.
Y
creí que cortando en mis brazos cada día ayudaba a mitigarme. Creí que
concentrándome en el dolor que recorría mis brazos igual que la sangre que
goteaba de mis heridas, se disipaba el dolor que había anidado en mi
mente. Me
equivocaba.
Vendaba
mis brazos y los tapaba con mangas largas, así nadie se daba cuenta. Y me iba
deteriorando cada vez más. Dejé
de responderle a Sabrina y a Álvaro. Borré todas mis fotos de Instagram y
mis videos bailando en TikTok. Dejé de quedar, y de buscar excusas para salir.
Dejé
de hablar con chicos. Dejé de leer historias románticas. Sonya Gray dejó de existir.
Ahora
yo solo era un fantasma que vivía encerrado en una habitación con una cuchilla
de sacapuntas como mejor compañera. Mis padres se preocuparon mucho por
mí.
Y
decidieron que ya debía volver a clases. Lloré, pataleé y grité,
pero no sirvió de nada. Al
día siguiente me planté frente a la puerta del Instituto. Y entré mirando al suelo para que no
se fijara nadie en mí. Pero
todo el mundo sabía lo que me había pasado. Y no pude dar ni dos pasos sin
escucharlos sobre los auriculares.
Me
llamaban, me decían palabras que no entendí. Y yo seguí caminando hacia delante. Pero
era obvio que alguien se acercaría a mí.
—¿Tú
eres la Sonya esa? Levanté la mirada y me encontré a una chica de
la otra clase con la que no había hablado nunca.
—¿Y
tú quién eres?
— Escúchame, tú eres la niña a la que
han violado ¿verdad? Una
ola de frío me recorrió la espina dorsal.
—¿Te
importa? La
chica se iba a acercar más a mí, pero llegó alguien y se plantó en frente de
ella.
—
¿Tú qué haces? La otra
persona era Sabrina. Mi mejor amiga, la última persona que había visto
aquella noche. Ella
me agarró del brazo, me llevó hacia el baño y cerró la puerta. Nos
miramos. Y ella, sin decir nada, me dio lo que yo necesitaba. Me
abrazó. Los muros que yo había estado intentando construir se
derrumbaron.Comencé a sollozar sobre su hombro. Nos
separamos y nos miramos a los ojos durante un rato.
—
Te he echado tanto de menos, Sonya.
— Sabrina, Sabrina, he pasado semanas ignorándote a ti y a Álvaro, lo siento tanto, hermana...
— Y te entiendo, mi vida. Tenías que recuperarte. ¿Cómo estás?
— Mejor. Sabrina, tengo miedo, me van a preguntar cosas y yo no quiero, y no quiero que se me acerquen los chicos.
— Pues estás de suerte. Ayer se fueron todos los del último curso y hoy vienen los de intercambio de Estados Unidos. Va a haber desconocidos en el instituto. Gente
nueva que nadie sabe qué pueden estar ocultando. Sabrina no
advierte mi expresión de terror.
—Así
seguro que la gente no se va a fijar tanto en lo tuyo cuando lleguen. —¿Cuándo
llegan?
— Mañana. Asiento y luego me acuerdo de alguien.
—
Oye, ¿Álvaro...?
— Él lo sabe. Dice que va a estar contigo si le necesitas, pero no te quiere agobiar. —¿No se ha enfadado?
—¿Por qué iba a enfadarse?
—Bueno...
— Oye, tenemos que irnos antes de que se den cuenta los profesores de que no estamos. Me dispuse a irme pero Sabrina me agarró del brazo. Del que estaba vendado. Me envió una ola de dolor por todo el cuerpo.
—
Quítate la capucha, Sonya.
— No puedo.
— Hija, pero si no quieres llamar la atención, así vas a conseguir todo lo contrario. — Es que no quiero. Ella se puso frente a mí y me bajó la capucha mirándome a los ojos.
—
No tienes que taparte la cara de esa forma, Sonya. Tranquila. Voy a estar
contigo todo el rato. La miré inquieta.
—
Vamos, vamos... Tu pelo es precioso, bebé, y tus ojos. No dejes que el mundo
se quede sin ellos—sonrió. Y dándome la mano, salimos juntas
de allí.
La
gente dejó de acercarse. No de mirarme, pero sí de hablarme. Sabrina era una de
las chicas más populares del instituto, y no solo por lo guapa que era,
si no porque sabía hacerse valer entre todos y más de una vez le había
pateado el trasero a quien la molestara. Con ella, me sentía a salvo.
En
el pasillo de clase, nos encontramos con un chico. Probablemente la
segunda persona a la que había echado más de menos . Y era un
chico, sí, pero era uno de mis lugares seguros. Y yo sabía que son muy
pocos los hombres de mierda que podían hacerle a una chica lo que me
hicieron a mí, pero aún son menos los que valen tanto como él.
Y a pesar de eso, mi cuerpo se
encogió automáticamente.
—
¡Sonya! Has vuelto.
— Anda. Vete a tu clase, Álvaro.
—Tengo clase libre.
— ¡Mentira, ahora te toca tecnología!
— Eso, clase libre. Es que me han dicho que ha vuelto la diva, la potra, la perra...
—Álvaro...
—Tú y yo tenemos que ponernos al día. Te vas a cagar con lo que me ha pasado. —Hazme el favor de irte . La amistad de Sabrina y Álvaro se basa en molestarse entre sí.
Álvaro. Mi mejor amigo y vecino de enfrente desde los
cinco años. Nos encontramos en los columpios un día de lluvia en el que
los dos nos habíamos escapado, yo para jugar con el barro y él porque sus
padres se estaban gritando. Intentó cortarle una trenza a Sabrina cuando
teníamos siete años y así la conocimos a ella.
Los dos a lo largo de los años habíamos hecho un lazo entre nosotros que no se podía romper ni con unas tijeras de titanio. Cuando sus padres peleaban en su casa, él se venía a la mía. Hicimos una casa del árbol a los 10 años y se nos cayó encima. Cuando yo lloraba a los trece porque me sentía insuficiente e insegura, él me secaba las lágrimas; y un día, a los quince años, él me contó que era
bisexual.
Y ese día, en mi cuarto, mirándonos a los ojos, me di cuenta de lo que éramos el uno para el otro. Que él me había contado a mí un secreto que llevaba acarreando tanto tiempo, que confiaba en mí igual que yo en él.Y mientras nos abrazábamos en silencio, me juré que nunca, jamás, me iba a separar de él. Yo no sabía que él, al mismo tiempo, estaba pensando lo mismo.
Él
me dirigió una mirada pícara antes de decirle a Sabrina que podía meterse la
clase de tecnología por donde quisiera. Y Sabrina reaccionó
con una patada
Y
esa fue la razón de mi primera carcajada en un mes. Mis mejores
amigos. Sabrina y Álvaro. Y la verdad, es que yo había
entrado al instituto ese día angustiada, sola y muerta de miedo, pero
salí riendo, con Sabrina y Álvaro al lado.
El
primer día que yo había vuelto a clase, era el día más difícil. Era el día que
"la niña que habían violado" iba a volver, que sería toda una novedad
y que muchos la mirarían. Pero me fui de ahí aliviada, porque supe que
desde ese momento seguro que todo iría mejor. No sabía cuánto me
equivocaba hasta que entré en mi casa. Porque en mi casa regresaban
los pensamientos que me invadían cuando estaba en completa soledad. Soledad. Es
una palabra que puede significar muchas cosas. Hay gente que disfruta la
soledad cuando piensan en su lado positivo. Pero también
puede ser muy dolorosa Me gustaría poder explicarlo. Pero…
es difícil explicar lo que es la soledad cuando no tienes a nadie que te
escuche.
Rim Halimi (3ºESO-A)